Raquel Blanco, matrona que trabaja en Nochevieja: "Un año no pudimos ni cenar, picábamos entre parto y parto"

Fuente: La Voz de Galicia

Con apenas 32 años, Raquel ha perdido la cuenta del número de veces que ha ayudado a dar a luz desde el 2018. Solo en los años de formación ya tuvo que asistir a más de mil partos. Pero siempre recuerda las de noches de Fin de Año, Nochebuena y Reyes como las más especiales. Será también porque ella nació con un roscón bajo el brazo, y su padre el 1 de enero. "Ese día no lo vives como un día más. Se nota la emoción y la ilusión. Tanto en los padres como en nosotras. Estás triste porque no estás en casa, pero creas otro clima en el trabajo y se lo transmites también a los futuros padres. Ellos también están pasando la noche lejos de su familia. Pero, claro, están ilusionados. Y ven como un regalo que nazca su hijo en estas fechas", comenta.

Raquel estuvo a punto de asistir al primer bebé de Galicia en el 2018 cuando estaba en el CHUS (en Santiago, ahora está en el Chuac de A Coruña): "Creíamos que era el primero porque fue como a la una de la madrugada. Luego, al día siguiente, vimos que no. Pero lo vivimos igualmente con mucha emoción".

La cena

¿Y cómo se toman las uvas en la sala de partos de A Coruña? Pues depende del año. "Semanas antes creamos un grupo de WhatsApp y planificamos un poco la cena. Cada uno lleva algo para comer. Eso sí, siempre es comida fría por lo que pueda pasar. Nunca sabemos a qué hora nos vamos a sentar. Es como urgencias, muy imprevisible. Sí comemos, pero no sabemos en qué momento", cuenta. No es difícil imaginar que Raquel ha vivido todo tipo de situaciones: "El Fin de Año del 2021 fue tremendo. Estábamos a cero y nos sentamos a cenar. Serían las 11. Y ya nos vino una chica de parto. Así que, nada, nos pusimos a trabajar. El parto fue sobre la una y algo. Y ahí pensamos que igual podíamos cenar en ese momento. Pero empezaron a llegar pacientes por la puerta... Tuvimos tres o cuatro partos hasta las ocho de la mañana. No paramos. Éramos tres en el servicio y trabajamos muchísimo. Tuvimos que picotear de pie entre parto y parto. No pudimos cenar", explica. A pesar de ello se fueron contentas para casa: "Me fui feliz, satisfecha, porque todo salió bien. Me acuerdo que habíamos comprado un salpicón para sentarnos un poco y nos lo tuvimos que llevar en táper para casa". Raquel también cuenta que con algunos padres se crea un vínculo especial: "Se me pone la piel de gallina". Pero también bromea con la actitud de los papás: "Algunos van de duritos y luego se les cae la baba y son los que más se emocionan. Las madres siempre están más a flor de piel, pero ver a un padre cómo se emociona es impresionante, porque suelen mantener más la compostura".


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