Esther Cabrera: “Los enfermeros doctores obtienen más acreditaciones, más reconocimiento y más acceso al liderazgo que las enfermeras doctoras”

Alfonso Hermida
Comunicación del Colegio de Enfermería de A Coruña

Durante décadas, Esther Cabrera ha recorrido casi todos los territorios posibles de la Enfermería: la asistencia clínica, la investigación, la docencia y la gestión académica. Enfermera desde 1988, empezó en el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, dio un giro decisivo en Estados Unidos y, años después de su regreso, se incorporó como investigadora principal al Instituto Catalán de Oncología. Desde 2010 es profesora en el TecnoCampus–Universitat Pompeu Fabra, catedrática desde 2017, con 25 años de experiencia docente, diez tesis doctorales dirigidas y una trayectoria marcada por la investigación aplicada y el impacto social. Hoy, como coordinadora del informe El desarrollo profesional de las enfermeras doctoras en España, pone datos y contexto a una realidad incómoda: un sistema sanitario y académico que forma enfermeras altamente cualificadas, pero todavía no sabe, o no quiere, aprovechar plenamente su talento.

-¿Qué les hizo pensar que era necesario ahora un estudio de esta magnitud?

En España no existe un registro estatal normalizado que permita conocer cuántas enfermeras con grado de doctor hay en la actualidad. Tampoco se dispone de información sobre el recorrido profesional que han seguido estas profesionales tras obtener el doctorado: dónde trabajan, qué mecanismos de promoción han tenido (si los han tenido), qué ha supuesto para ellas, en términos laborales y personal, alcanzar el grado de doctor siendo enfermeras, o qué reconocimiento han recibido por parte de sus superiores y gestores. Estas eran preguntas que nos planteábamos como enfermeras conscientes de lo que implica realizar un doctorado, especialmente en un colectivo mayoritariamente femenino y en una profesión eminentemente práctica. Por ello, considerábamos fundamental conocer estas respuestas.

Asimismo, la trayectoria académica de las enfermeras en España ha sido históricamente desigual. Muchas profesionales cursaron la antigua Diplomatura en Enfermería y, para poder acceder al doctorado, tuvieron que completar un segundo ciclo universitario (como licenciaturas en Antropología, Pedagogía o Sociología). Otras, en cambio, ya bajo la implantación del Plan Bolonia, accedieron al doctorado a través del itinerario actual: Grado en Enfermería, seguido de un máster universitario que da acceso a los estudios de doctorado.

-¿Qué esperaban encontrar antes de iniciar el estudio y qué hallazgo les sorprendió más para bien o para mal?

Antes de iniciar el estudio teníamos una idea bastante clara de la realidad de nuestro entorno más cercano, especialmente en Cataluña. Estamos en contacto constante tanto con enfermeras clínicas que quieren iniciar el doctorado como con enfermeras doctoras que trabajan en la universidad y necesitan esta titulación para consolidar su carrera académica. Lo que queríamos comprobar era si esta realidad se reproducía también en otras comunidades autónomas, y el estudio confirma que sí: las dificultades para hacer un doctorado, falta de tiempo, carga asistencial, escaso reconocimiento laboral o apoyos limitados, son comunes en todo el territorio español. Este patrón aparece claramente en los datos recogidos en el informe. 

Al mismo tiempo, también intuíamos, y el estudio lo demuestra, que existe un interés creciente entre muchas enfermeras por desarrollar competencias en investigación y contribuir al crecimiento de la ciencia enfermera. Este compromiso, que se refleja en su participación en proyectos, formación adicional y liderazgo emergente, es uno de los resultados más esperanzadores y nos hace ser optimistas sobre el futuro de la disciplina.

En cuanto al hallazgo que más nos llamó la atención, aunque no nos sorprendió del todo, fue la brecha de género en la carrera profesional. A pesar de que el 71% de las enfermeras doctoras son mujeres, los hombres siguen obteniendo más acreditaciones, más reconocimiento institucional y más acceso a posiciones de liderazgo. Es una desigualdad que intuíamos, pero verla reflejada tan claramente en los datos y en una profesión tan feminizada, confirma la necesidad urgente de abordar este problema desde las políticas de igualdad y desde las instituciones.

-El informe muestra que la mitad de las enfermeras doctoras no tienen un reconocimiento efectivo por su titulación. ¿A qué atribuye usted esta desconexión entre formación y estructura laboral? 

El principal motivo de esta desconexión es estructural y, en gran parte, económico. En la mayoría de las instituciones sanitarias españolas no existe una carrera profesional que diferencie entre una enfermera con formación de grado y otra que ha realizado un máster o un doctorado. Si las funciones asistenciales que desempeñan son las mismas, las organizaciones no perciben la necesidad de reconocer este nivel académico superior.

Sin embargo, esta visión es limitada. Una enfermera doctora está más cualificada, posee competencias avanzadas en investigación, liderazgo y gestión, y tiene mayor capacidad para aplicar y generar evidencia científica, tal como muestran los datos del estudio. Estas competencias son esenciales para impulsar la práctica basada en la evidencia, mejorar la calidad asistencial y favorecer la innovación en los servicios de salud.

La literatura científica es clara al respecto: los sistemas sanitarios que integran perfiles con alta cualificación investigadora obtienen mejores resultados, mayor eficiencia y mejores indicadores de seguridad y satisfacción de los pacientes. Pese a ello, en España estas competencias no se están aprovechando plenamente, lo que explica que la mitad de las enfermeras doctoras declaren que su titulación no se reconoce en su puesto de trabajo.

En resumen, la falta de reconocimiento no se debe a una falta de valor del doctorado, sino a una estructura laboral que todavía no ha incorporado perfiles avanzados de Enfermería ni ha actualizado los modelos de carrera profesional para reflejar su aportación real. 

-¿A quién se les debe pedir más para revertir esta situación: a la administración sanitaria, a las universidades, al sistema? 

La responsabilidad es compartida y debe abordarse desde varios niveles. Es evidente que la administración sanitaria tiene un papel clave: debe reconocer el valor de incorporar perfiles altamente cualificados en la asistencia, crear itinerarios profesionales específicos y aprovechar las competencias avanzadas de las enfermeras doctoras para mejorar la calidad y la eficiencia del sistema. Pero también existe un componente importante de corresponsabilidad dentro de la propia profesión. Asociaciones, colegios profesionales y la comunidad enfermera en su conjunto deben reivindicar activamente qué significa disponer de un doctorado en Enfermería: profesionales con liderazgo en cuidados, capaces de generar cambios basados en la evidencia científica e integradas en equipos multidisciplinares donde el paciente es el centro del sistema. Si la profesión no pone en valor este perfil, difícilmente lo harán las instituciones.

Por otro lado, las universidades sí reconocen plenamente esta titulación y, de hecho, cada vez encontramos más enfermeras que lideran proyectos competitivos, publican en revistas de alto impacto y obtienen acreditaciones de calidad. El problema es que la carrera académica no es competitiva a nivel salarial en comparación con la carrera asistencial. Hoy en día, trabajar como enfermera en un hospital o centro sanitario es económicamente más rentable que hacerlo en la universidad, lo que dificulta que muchas profesionales den el salto académico pese a su vocación docente o investigadora.

En definitiva, revertir la situación requiere acciones coordinadas: políticas públicas que reconozcan el valor del doctorado, estructuras profesionales que lo incorporen y una profesión fuerte que lo reivindique.

-¿Cuál sería la medida a implementar con urgencia para corregir esta situación? 

La medida más urgente es establecer carreras profesionales que reconozcan de forma explícita a las enfermeras que continúan formándose y aportando investigación a través del doctorado. Sin un sistema asistencial que distinga entre distintos niveles de cualificación, es imposible que el doctorado tenga un impacto real en la estructura laboral.

Es importante subrayar que no todas las enfermeras deben tener un doctorado, pero sí es imprescindible que todas consuman y apliquen evidencia científica para ofrecer cuidados basados en la ciencia. En este contexto, las enfermeras doctoras pueden asumir un papel clave como líderes clínicos e investigadores, impulsando estudios, trasladando el conocimiento a la práctica y garantizando que la evidencia científica llegue a los servicios de salud. 

Implementar una carrera profesional que reconozca estas competencias avanzadas no solo dignificaría el esfuerzo formativo, sino que mejoraría la calidad asistencial, fortalecería la investigación en cuidados y haría más competitivo y sostenible el sistema sanitario.

-¿Cree que se está desperdiciando talento enfermero? 

Yo no hablaría de “desperdiciar talento”, pero sí de no aprovecharlo plenamente. Obtener un doctorado supone años de esfuerzo, disciplina, sacrificios personales y dedicación y en este sentido el estudio desprende datos muy explícitos. Cuando después de todo ese recorrido la titulación no se reconoce ni se integra en la estructura laboral, es comprensible que aparezca frustración. Y tener profesionales altamente cualificados que sienten que no pueden desplegar su potencial no beneficia a nadie: ni a los equipos, ni a las instituciones, ni al sistema sanitario, como muestran los datos del estudio. 

La cuestión no es solo valorar el esfuerzo individual, sino entender que el conocimiento avanzado que aportan las enfermeras doctoras puede mejorar la calidad de los cuidados, impulsar la innovación y fortalecer la práctica basada en la evidencia. Cuando ese talento no se canaliza adecuadamente, el sistema pierde una oportunidad real de mejora.

-¿Qué consecuencias tiene, a medio plazo, que la carrera investigadora en Enfermería esté aún por consolidarse? 

La carrera investigadora en Enfermería sí está consolidada en el ámbito universitario, donde cada vez hay más enfermeras liderando proyectos, publicando en revistas de impacto y obteniendo acreditaciones. El gran reto pendiente está en el ámbito asistencial y en los espacios de dirección y toma de decisiones, donde la investigación todavía no se integra de forma estructural. 

A medio plazo, esta falta de consolidación tiene varias consecuencias. En primer lugar, plantillas desmotivadas, porque las enfermeras con competencias avanzadas sienten que no pueden aplicar todo su potencial. En segundo lugar, condiciones laborales que no incentivan el crecimiento profesional, lo que dificulta atraer y retener talento. Y, en tercer lugar, equipos gestores poco orientados a aprovechar el valor estratégico de la investigación en cuidados, lo que limita la innovación, la mejora de resultados y la implantación de prácticas basadas en la evidencia. 

-El informe muestra una clara concentración de doctoras en la universidad. ¿Qué supone que este perfil enfermero no esté tan presente en hospitales y centros de salud?

La concentración de enfermeras doctoras en la universidad tiene un impacto directo en el sistema sanitario, porque su presencia en hospitales y centros de salud es aún limitada: solo el 31,9 % trabaja en hospitales y un 12,6 % en Atención Primaria, mientras que el 58 % está empleada en instituciones universitarias. ¿Qué implica esto? En términos prácticos, supone una pérdida de oportunidad para el propio sistema sanitario. 

Por un lado, significa que las competencias avanzadas de estas profesionales, investigación, liderazgo, análisis crítico, gestión del conocimiento, no se integran de forma natural en los equipos asistenciales.

Además, la falta de perfiles doctorales en la práctica asistencial dificulta la implantación real de la práctica basada en la evidencia, una de las aportaciones más potentes que puede hacer la Enfermería al progreso del sistema. Sin figuras capaces de traducir la evidencia científica a protocolos, rutas clínicas o mejoras de calidad, la innovación avanza más lentamente.

También tiene consecuencias organizativas. Según el estudio, el 92 % de las enfermeras doctoras no participa en la toma de decisiones en sus centros asistenciales y el 98 % no recibe tiempo protegido para investigar. Esto contribuye a un modelo donde la investigación sigue viéndose como algo externo a los hospitales, cuando debería formar parte de su ADN.

Y, por último, esta concentración en la universidad genera un círculo vicioso: las competencias avanzadas se refuerzan en el ámbito académico, mientras que los entornos clínicos quedan rezagados y con menor capacidad para absorber y retener talento investigador.

-¿De qué forma factores como la conciliación, las cargas de cuidado o la precariedad docente condicionan el desarrollo profesional de las enfermeras doctoras?

Influyen de forma decisiva en el desarrollo profesional de las enfermeras doctoras. El estudio muestra que muchas dedican gran parte de la investigación fuera de su horario laboral, una media de 8,1 horas semanales en casa, lo que repercute directamente en su vida personal y su capacidad para progresar en la carrera académica o asistencial.

A esto se suma que la mayoría no recibe tiempo protegido, ni reconocimiento específico, ni apoyo institucional para investigar (98 % sin tiempo liberado y 92 % sin participación en decisiones. Por otro lado, las mujeres, que representan más del 70 % del colectivo, soportan además mayor carga de cuidados, lo que amplifica estas dificultades y contribuye a la brecha de género detectada en el estudio.

En el ámbito universitario, la precariedad de las primeras etapas de la carrera docente, contratos temporales, alta carga lectiva, inestabilidad, dificulta consolidarse tras el doctorado y obliga a compatibilizar investigación, docencia y vida familiar sin un soporte real.

En conjunto, estos factores generan trayectorias más lentas, más esfuerzo personal y mayores renuncias, afectando especialmente a las mujeres y limitando el aprovechamiento del talento investigador en la profesión.

-¿Qué diferencias existen entre hombres y mujeres una vez que han obtenido el doctorado en Enfermería?

Aunque las mujeres son amplia mayoría entre las enfermeras doctoras en España, el estudio muestra que los hombres avanzan más rápido y alcanzan posiciones de mayor liderazgo. Ellos acumulan más acreditaciones académicas, lideran más proyectos competitivos y ocupan con mayor frecuencia roles de responsabilidad, como puestos docentes senior o direcciones de equipos. Las mujeres, en cambio, siguen concentrándose en tareas asistenciales o en puestos docentes junior, y reportan menos reconocimiento institucional y menos oportunidades de promoción, a pesar de su mayor presencia numérica. Esta desigualdad está vinculada a factores como las cargas familiares, la falta de tiempo protegido para investigar y la menor visibilidad en estructuras de decisión.


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